domingo, 11 de diciembre de 2011

Esto no es un cuento




Erase una vez un país en el que sus habitantes podían ser felices. Y digo "podían", algunos llegaban a serlo, otros no, pero al menos tenían la opción de crecer como personas gracias a que sus derechos humanos estaban garantizados. Así, aunque algunos ganaran poco dinero, sabían que si se ponían enfermos podrían visitar a un médico, por muy caro que fuera su tratamiento, y que si sus hijos se lo curraban podrían llegar a ser lo que quisieran porque todos los niños y niñas de aquel país tenían garantizada una buena educación, gracias a una red de colegios públicos que procuraban una buena enseñanza gratuita a todos, fueran hijos de los señores más poderosos o de los campesinos más humildes.
No hacían magia para conseguir estos milagros en forma de derechos universales garantizados por ley. Simplemente, todos contribuían dando un poquito de lo que tenían en forma de impuestos. Después, unos señores que ellos habían elegido libremente gracias a un sistema democrático, administraban esos bienes para que todos pudieran recibir esos servicios, los cuales constituían, al fin y al cabo, derechos de todas las personas. A esto lo llamaron Estado del Bienestar.
Un día, algunos de estos habitantes dijeron que habían visto un ser terrible en las fronteras del país esperando para atacar en cualquier momento. Este monstruo tan horroroso, llamado Mercado, les había dicho que debían darle a él todo el dinero de sus tributos, y que si no se lo daban invadiría el país dejándolo sumido en horror y sangre. "Pero, si le damos el dinero de los tributos a ese monstruo, ¿quién nos sanará cuando estemos enfermos?, ¿quién educará a nuestros hijos?, ¿cómo podremos ser felices si vivimos sometidos a un monstruo que sólo quiere devorar lo que tenemos?". Mucho discutieron los habitantes de aquel país, pues los que querían pactar con el monstruo para que no les atacaran metían mucho miedo a los demás sobre lo terrible que era este, mientras los que no querían vivir sometidos instaban a los demás habitantes a prepararse para defenderse.
De repente, alguien preguntó a los que pedían que se sometieran al mercado: "¿cómo es ese monstruo?; si lo habéis visto, nos podréis contar cómo es, si es alto o bajito, si tienes escamas como los dragones, o melena de león, si ruge para espantarnos, o sólo nos mira con ojos desafiantes. ¡Decidnos cómo es ese monstruo!". "¡Sí!", respondieron todos los habitantes de aquel país lejano, "¡decidnos cómo es!".
Pero esos habitantes que sostenían haber visto al monstruo quedaron mudos. No pudieron, o no quisieron contestar. Porque aquel monstruo llamado mercado es una abstracción, algo que no se puede ver, ni oír, ni tocar, ni percibir con ningún sentido. A lo mejor ni siquiera existía... Aún así, el miedo se había metido ya dentro de todos los habitantes, y podían notar la presencia de aquel monstruo en forma de escalofrío que les recorría el cuerpo. No sabían si estaba ahí, esperando, o era sólo una invención de su mente.
El miedo es un sentimiento muy peligroso; te puede transformar y hacerte renunciar a lo que eres. Eso les pasó a los habitantes de aquel país. Ya no volvieron a ser lo que eran, ni a luchar por sus sueños, ni siquiera a aspirar a la felicidad. Simplemente, asumieron que eso que antes tenían ya no lo volverían a tener, porque debían dárselo todo a un monstruo imaginario que sólo estaba en el interior de sus cabezas, ¿quién sabe si en realidad existe o no?.
Mientras tanto, unos cuantos habitantes empezaron a dudar, a preguntarse por la verdad, y más tarde a resistir. Luchaban por seguir siendo lo que eran, y por conseguir que los demás no se dejaran arrastrar. Les decían que si creían que ya no merecían ciertos derechos, que si renunciaban a un Estado del Bienestar sostenido por un régimen democrático que les garantizara a todos por igual una educación y una sanidad pública y gratuita, no habría vuelta atrás, y no tendrían las condiciones que les permitieran a ellos y a sus hijos crecer como personas.

Y así seguimos en este país, luchando por no renunciar a lo que tuvimos y a lo que fuimos......porque hay derechos que deben ser garantizados por ley, y el Estado está para garantizar el cumplimiento de esos derechos, no para recortarlos o cedérselos a otros para que hagan negocio con ello. La educación pública y gratuita es la única que garantiza una enseñanza de calidad para todos, independientemente del dinero que tengan sus padres o del lugar donde vivan. No hay que ofrecer una educación de excelencia para unos pocos, lo merezcan o no, sino una educación excelente
para todos, listos o menos listos, ricos o pobre, blancos o negros, gordos o flacos. Por eso, hay que promover no la excelencia en unos pocos colegios, sino que todos los colegios sean excelentes o, mejor dicho, ofrezcan una educación de calidad. Eso sólo se consigue con una educación pública de calidad y, por supuesto, el Estado debe ser garante de esa educación, supervisando los colegios, financiándolos con el dinero de todos -para compensar las desigualdades con las que nacemos, y que no ocurra otra vez que un hijo de pobre no pueda estudiar porque sus padres no tengan dinero para pagarlo-.No hay que ser de de derechas o de izquierdas para entender esto, porque no es una cuestión de ideología sino de derechos fundamentales; tampoco la educación y sanidad públicas son lujos que disfrutamos una vez y a los que ahora debemos renunciar por la crisis económica, ya que se financian gracias al dinero de nuestros impuestos.

Erase una vez un país no muy lejano, donde ahora vivo, en el que unos gobernantes decían que la educación debía dejar de ser un derecho de todos para convertirse en un negocio o en un instrumento de control ideológico en manos de unos pocos. Y esto sí que no es un cuento...
GRACIAS a Manos que imaginan (http://manosqueimaginan.blogspot.com/)

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